Bartolo Y Los Cocodrilos Magicos Historia 【90% SECURE】
La noche de la luna llena, justo antes de que el hechizo se vuelva permanente, Bartolo se sienta en la orilla, derrotado. Ya no intenta huir ni engañar a los cocodrilos. Simplemente, habla con sinceridad. Les dice que lo siente, que los extrañará si debe quedarse con ellos, pero que ahora entiende que la magia no es un juego, y que las promesas son el cemento de la confianza.
Entonces, Cocofayá sonríe por primera vez (lo que resulta escalofriante y conmovedor a la vez). "Has encontrado el canto del río, Bartolo. No es una melodía ni un hechizo. Es la verdad que nace del corazón cuando cumples tu palabra".
Los tres cocodrilos se sumergen formando un remolino de luz. Cuando el agua se calma, Bartolo está completamente humano otra vez, vestido con su camiseta vieja. Los reptiles desaparecen para siempre, pero su lección queda grabada en lo más profundo de su espíritu.
Bartolo montó sobre Cornelio. De repente, el cocodrilo chasqueó la cola y el agua se partió como cristal. No solo nadaban; volaron. La magia de Cornelio permitía que se deslizaran sobre el agua a la velocidad del viento.
En el camino se encontraron con el resto de la manada:
—¡El Monstruo se acerca! —gritaron los gemelos.
Delante de ellos, una enorme masa negra y viscosa bloqueaba el río. El Monstruo de Basura gruñía, y sus brazos estaban hechos de viejos neumáticos y botellas. El agua a su alrededor se volvía gris y triste.
—¡Ataquen! —rugió Cornelio.
Pero el monstruo era demasiado grande. Cada vez que un cocodrilo mordía un neumático, el monstruo se hacía más fuerte con la tristeza del río.
—¡No pueden vencerlo con fuerza! —gritó Bartolo desde el lomo de Cornelio—. ¡Tienen que usar la magia del río!
—¡Necesitamos luz! —dijo Cornelio—. ¡Pero las luciérnagas han huido!
Bartolo pensó rápido. Recordó que su abuela le decía que la naturaleza siempre devuelve lo que le das con amor. —¡Canten! —les dijo Bartolo a los cocodrilos—. ¡Cuenten la historia del río! ¡La basura odia la belleza!
En un pueblo olvidado en medio de la selva, vivía un niño llamado Bartolo. Bartolo no era un niño común; mientras otros jugaban a la pelota, él pasaba horas junto al río, hablándole a las piedras y observando el agua. Pero lo que Bartolo más deseaba en el mundo era ver un cocodrilo de verdad.
La gente del pueblo decía: "Cuidado, Bartolo, los cocodrilos son monstruos hambrientos". Pero él no les creía. Un día, siguiendo una extraña luz verde que brillaba entre los juncios, Bartolo se adentró en una parte del río que nadie visitaba: el Río Esmeralda.
Allí, descansando sobre una inmensa roca, vio al cocodrilo más grande que jamás hubiera imaginado. Tenía la piel escamosa, pero brillaba con un resplandor fosforescente, como si tuviera estrellas atrapadas debajo de las escamas. bartolo y los cocodrilos magicos historia
Bartolo se quedó paralizado. El cocodrilo abrió un ojo y, para sorpresa del niño, habló.
—No te quedés ahí parado como una estatua de sal, muchacho —dijo el cocodrilo con voz ronca pero amable—. Me estás tapando el sol.
—¡Hablas! —exclamó Bartolo—. ¿Quién eres?
—Soy Cornelio, el Guardián de los Dientes de Marfil —respondió el cocodrilo, bostezando y mostrando una dentadura perfecta y dorada—. Y tú debes ser el único humano en siglos que no sale corriendo gritando.
Cornelio le explicó a Bartolo que él y su manada eran los Cocodrilos Mágicos del Tiempo. No eran bestias salvajes, sino los protectores de la historia del río. Cada escama suya guardaba un recuerdo de la selva.
—¿Por qué necesitas protectores? —preguntó Bartolo.
Cornelio miró río arriba con preocupación. —Porque el Monstruo de Basura está bajando desde la ciudad. Es una criatura hecha de plástico y desechos que está envenenando el agua. Si llega a la Gran Catarata, la magia del río morirá para siempre. La noche de la luna llena, justo antes
Bartolo sintió un valor que no sabía que tenía. —¿Puedo ayudar?
Cornelio sonrió (si es que un cocodrilo puede sonreír). —Sube a mi espalda, pequeño valiente. Es hora de que conozcas a la manada.
El cocodrilo más viejo, de barbas de musgo y dientes de caracola, se presenta como Cocofayá, el guardián del río. Los tres cocodrilos mágicos le proponen un trato a Bartolo:
"Te dejaremos volver a tu casa y te obsequiaremos un regalo extraordinario: cada mañana, tus redes amanecerán llenas de peces de colores que nunca has visto. Pero a cambio, todas las tardes, antes del atardecer, deberás venir a contarnos un cuento nuevo. Si fallas un solo día, te convertirás en un renacuajo dorado y vivirás con nosotros para siempre."
Bartolo, sin medir las consecuencias, acepta encantado. El primer día, el regalo funciona: las redes están rebosantes de peces exóticos. La familia de Bartolo come como nunca. Pero al atardecer, cuando el sol pinta el cielo de anaranjado, Bartolo recuerda el pacto. Regresa al caño bravo y les narra la leyenda de la Yacumama (la madre serpiente).
Los cocodrilos mágicos escuchan embelesados, moviendo la cabeza al ritmo de la historia.
